Si hasta se podía oler eso que llaman “espíritu navideño” en la casa de mis abuelos.
Largos tablones y caballetes ornamentados por mujeres en el patio, al aire libre.
El tío entrando medio corriendo con el barril de cerveza, papá con la barra de hielo al hombro, y junto al abuelo, el ritual de armar la chopera para esa noche.
Recuerdo que eran largas noches interminables, cargadas de emociones, risas y ese niño correteando por ahí que era yo.
Se oían discusiones!…de política, de futbol, de religión…que no me importaba participar...Nada preocupaba mas que la llegada de las doce.
Escuchar anécdotas de adultos que poco entendía, pero que veía a los mayores reír con tal energía que atrapaban a cualquiera.
Jugar un poco con mi hermana, mis primos…Y también aburrirse un rato estaba en el plan. Como cualquier niño en una reunión.
Pero si hay algo que a la distancia se extraña y tal vez resulte la mejor prueba de que hemos crecido, es ese abrazo fuerte, muy fuerte!... multiplicado por muchas veces que recibía a la hora de brindar.
Y no es que ahora no pase…eso no cambia. Lo que cambia es el contexto, los motivos, la emoción puesta en otras cosas.